Dos especies de marsupiales que la ciencia creía extintas desde hace al menos 6 000 años aparecieron vivas en Nueva Guinea, y eso convierte este hallazgo en uno de esos descubrimientos que parecen imposibles.
Se trata del planeador de cola anillada y del pequeño cuscús de dedos largos, dos animales que solo se conocían por fósiles encontrados antes en Australia.
Ahora fueron observados y fotografiados en la península de Vogelkop, en Papúa, Indonesia, gracias al trabajo de investigadores que colaboraron estrechamente con comunidades indígenas de la zona.
Confirmarlo no fue algo rápido. Los científicos pasaron años siguiendo pistas, revisando avistamientos dudosos, corrigiendo errores en museos y recuperando restos subfósiles para comparar.
Todo ese trabajo finalmente permitió comprobar que estos animales no eran simples fantasmas del pasado. Seguían allí, escondidos en bosques poco estudiados y lejos del radar científico.
El problema es que haberlos encontrado no significa que estén a salvo. Su hábitat está amenazado por la tala, y todavía se sabe muy poco sobre su distribución.
Tampoco se conoce bien qué necesitan para sobrevivir, cómo se reproducen o qué tan vulnerables son a la alteración del bosque. Eso complica bastante cualquier plan serio de conservación.
Para algunos especialistas, este descubrimiento es incluso más impactante que encontrar vivo un tilacino en Tasmania. No porque sea más famoso, sino porque cambia mucho nuestra idea de evolución.
El planeador de cola anillada, llamado Tous ayamaruensis, está emparentado con los grandes planeadores australianos, pero presenta diferencias tan marcadas que lo colocaron en un género propio.
Entre esas diferencias destacan su cola prensil, capaz de sujetarse, y sus orejas sin pelo. No es una simple variación menor, sino una rama bastante peculiar.
Además, algunas comunidades indígenas consideran a este animal sagrado y creen que debe evitarse y protegerse. Esa relación cultural pudo haber ayudado a mantenerlo lejos de cazadores.
También ayudó, probablemente, a que permaneciera fuera del conocimiento científico durante tanto tiempo. A veces la ciencia llega tarde a lugares donde la gente local ya sabía mucho.
La otra especie, Dactylonax kambuayai, es igual de sorprendente. Tiene rayas llamativas y un dedo en cada mano que mide aproximadamente el doble que los demás.
Ese dedo alargado no está allí por casualidad. Todo indica que lo usa para sacar larvas de escarabajos escondidas dentro de madera podrida, como si pescara comida.
Los investigadores creen que también posee adaptaciones especiales en la región del oído, posiblemente para detectar sonidos de baja frecuencia producidos por insectos dentro de los troncos.
Es decir, no solo es raro por fuera. También ocupa un papel ecológico muy particular, uno de esos nichos extraños que muestran lo compleja que puede ser la vida.
La ubicación exacta donde viven estos animales se mantiene en secreto por miedo a traficantes de fauna. Los científicos temen que alguien intente capturarlos para venderlos.
Y sería una pésima idea. Por su dieta tan especializada, resultaría muy difícil mantenerlos vivos en cautiverio. En otras palabras, convertirlos en mascotas probablemente los mataría rápido.
El registro fósil de estos marsupiales también es extraño. Hay dientes antiguos de hace millones de años en Australia, luego grandes vacíos, y después restos mucho más recientes.
Eso sugiere una historia evolutiva complicada, con desapariciones aparentes, poblaciones aisladas y quizá una distribución antigua mucho más amplia de la que imaginábamos hasta ahora.
El hallazgo entusiasma, pero también deja una pregunta incómoda: si en Nueva Guinea todavía aparecen animales así, cuántas especies se habrán perdido ya en lugares arrasados por la deforestación.





