Científicos identifican el «propósito» evolutivo de la conciencia

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Científicos identifican el «propósito» evolutivo de la conciencia

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Un grupo de investigadores de la Universidad Ruhr comparó humanos y aves para entender por qué surgió la conciencia y qué función cumple realmente en la evolución de distintas especies.

En los últimos veinte años el interés por la conciencia creció bastante, pero sigue sin resolverse para qué apareció y por qué algunas especies la desarrollaron y otras no.

Los científicos creen que estudiar el cerebro de las aves ofrece pistas útiles, porque muestran funciones parecidas a la conciencia humana pese a tener estructuras cerebrales muy distintas.

Los equipos dirigidos por Albert Newen y Onur Güntürkün publicaron sus resultados en Philosophical Transactions of the Royal Society B, aportando una visión más amplia sobre la evolución de la conciencia.

La conciencia afecta todo lo que vivimos, desde el placer de sentir el sol en la piel hasta el malestar de un dolor que aparece después de una caída.

También influye en los estados emocionales incómodos, lo que genera una duda importante: por qué evolucionó algo que incluye experiencias agradables y también profundamente desagradables.

Newen y Carlos Montemayor proponen que la conciencia tiene tres niveles distintos que cumplen funciones específicas: activación básica, alerta general y conciencia reflexiva o autoconsciencia.

El primer nivel es la activación básica, que evolucionó para poner al cuerpo en alarma ante peligros, usando el dolor como señal directa de daño físico.

Ese dolor permite reaccionar rápido para sobrevivir, haciendo que el organismo huya, se quede quieto o busque protegerse en cuestión de segundos cuando hay riesgo real.

El segundo nivel es la alerta general, que permite enfocarnos en un estímulo dentro de un flujo de información, como notar humo aunque alguien nos esté hablando.

Ese tipo de enfoque ayuda a aprender relaciones nuevas, desde correlaciones simples como que el humo indica fuego hasta conexiones más complejas vinculadas al pensamiento científico.

El tercer nivel es la conciencia reflexiva, que permite pensar sobre uno mismo, planear el futuro, recordar el pasado y formar una imagen personal que influye en las decisiones.

Esta conciencia reflexiva también incluye registrar el propio cuerpo, las sensaciones y pensamientos, algo que se observa en humanos y algunos animales capaces de reconocerse en un espejo.

Esa capacidad aparece alrededor de los dieciocho meses en niños y también se ha visto en especies como chimpancés, delfines y urracas, que muestran señales de autoconsciencia.

Los investigadores Maldarelli y Güntürkün estudiaron aves y observaron que podrían tener formas básicas de experiencia consciente muy parecidas a las que vemos en mamíferos.

En primer lugar, detectaron que las aves no solo procesan estímulos de manera automática, sino que parecen interpretarlos subjetivamente, como muestran experimentos con palomas y cuervos.

Los cuervos incluso presentan señales neuronales que reflejan lo que perciben internamente, más allá de si el estímulo está presente o no en la realidad física.

En segundo lugar, aunque el cerebro de las aves es distinto, tiene estructuras funcionales similares a las necesarias para procesar información de forma consciente y flexible.

El área aviar llamada NCL funciona como equivalente al córtex prefrontal, con conexiones complejas que permiten integrar información igual que en mamíferos.

En tercer lugar, experimentos recientes muestran que distintas aves exhiben formas variadas de percepción de sí mismas, incluso diferenciando su reflejo de otro individuo real.

Estas evidencias sugieren que la conciencia es más antigua y común de lo que se pensaba, y que no depende exclusivamente de tener una corteza cerebral como la humana.