Por primera vez, los astrónomos encontraron un planeta bebé escondido en un disco de polvo estelar. Y no cualquiera: uno que está tallando con fuerza un enorme hueco en ese disco.
Hasta ahora, los telescopios solo mostraban esos huecos, pero nunca a los responsables. El hallazgo del exoplaneta WISPIT-2b confirma teorías que llevaban décadas esperando pruebas sólidas.
“Muchos dudaban que fueran planetas los que formaban estos anillos”, explicó Laird Close, astrónomo de la Universidad de Arizona. “Pero ahora sabemos que sí pueden hacerlo”.
El nacimiento de estrellas y planetas es un proceso complicado. Todo comienza cuando una nube molecular fría se comprime hasta que la gravedad la obliga a colapsar y formar una protoestrella.
Al girar, esa protoestrella arrastra el gas y el polvo a su alrededor en un disco. Parte de ese material alimenta a la estrella en crecimiento; otra parte se agrupa en planetas.
Mientras los fragmentos se agrupan, aparecen huecos en el disco. Observatorios como ALMA han fotografiado esos anillos, pero los planetas que los producen resultaban demasiado débiles para detectarlos.
Ahí entra el instrumento MagAO-X, creado especialmente para el Telescopio Magallanes. Está diseñado para buscar gas de hidrógeno cayendo sobre protoplanetas jóvenes, un fenómeno que emite una señal clara llamada luz H-alfa.
Close lo compara con una cascada cósmica. El gas cae sobre el planeta en formación, choca con su superficie, se convierte en plasma caliente y brilla con esa luz característica.
El equipo apuntó MagAO-X hacia varias estrellas jóvenes. En la estrella TYC-5709-354-1, también llamada WISPIT-2, hallaron algo extraordinario: un planeta escondido en un hueco enorme de su disco.
La estrella está a unos 434 años luz de distancia, relativamente cerca en términos astronómicos. Y su disco presentaba un vacío tan grande que los científicos lo describieron como “espectacular”.
Con apoyo del Very Large Telescope, lograron confirmar que allí vive WISPIT-2b, un planeta gigante gaseoso cinco veces más masivo que Júpiter.
El planeta orbita a 54 unidades astronómicas de su estrella, es decir, 54 veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Para comparar, Plutón está a 40.
Ver a este planeta es como mirar una versión temprana de nuestro propio sistema solar. Los investigadores creen que así se veía cuando el Sol aún era un bebé.
Eso significa que este descubrimiento no solo confirma teorías, sino que también ayuda a entender cómo nacieron los planetas, asteroides y cometas que hoy nos rodean.
Richelle van Capelleveen, astrónoma de la Universidad de Leiden, destacó la importancia del hallazgo: “Es el primer planeta incrustado en un anillo observado. Será un sistema de referencia por años”.
Con WISPIT-2b, la astronomía planetaria tiene ahora una prueba directa de cómo se forman los planetas y de cómo los discos protoplanetarios cambian con el tiempo.
El descubrimiento fue publicado en dos artículos en la revista The Astrophysical Journal Letters.





