Un nuevo estudio sugiere que nuestras células podrían generar electricidad propia, como pequeñas fuentes internas de energía que ayudan a mover materiales y quizá a transmitir señales.
La investigación fue realizada por científicos de la Universidad de Houston y Rutgers, y publicada en la revista PNAS Nexus.
Según el trabajo, las membranas grasas que rodean cada célula no están quietas, sino que vibran y ondulan constantemente por procesos internos.
Esas ondulaciones, explican los autores, podrían generar voltaje suficiente para alimentar ciertos procesos biológicos directamente, sin depender solo de rutas químicas tradicionales.
Estas fluctuaciones no son nuevas para la ciencia, ya que se sabe que surgen por la actividad de proteínas y el consumo de ATP.
El ATP es la principal moneda energética de la célula y se descompone constantemente para mantener funciones básicas como el transporte y la comunicación.
Lo novedoso del estudio es que plantea que esas vibraciones están organizadas y son lo bastante intensas como para producir electricidad utilizable.
Los investigadores parten de una idea clave: las células no son sistemas pasivos, sino estructuras activas llenas de movimiento interno continuo.
Cuando esa actividad se combina con una propiedad física llamada flexoelectricidad, puede aparecer una diferencia de voltaje en la membrana.
La flexoelectricidad describe cómo ciertos materiales generan electricidad cuando se doblan o se deforman de manera desigual.
Las membranas celulares se doblan todo el tiempo por el calor y el movimiento interno, lo que en teoría debería anular cualquier voltaje.
Pero las células no están en equilibrio perfecto, porque constantemente gastan energía para mantenerse vivas y funcionando.
Esa falta de equilibrio permitiría que las ondulaciones no se cancelen y produzcan un voltaje real entre el interior y el exterior celular.
Según los cálculos del equipo, esa diferencia podría llegar hasta 90 milivoltios, suficiente para activar una neurona.
Ese voltaje podría ayudar a mover iones, que son átomos cargados y esenciales para la electricidad y la señalización celular.
Los autores creen que este mecanismo podría influir en procesos como la contracción muscular o la transmisión de señales sensoriales.
Las cargas aparecerían en escalas de milisegundos, un tiempo muy compatible con la velocidad a la que funcionan las neuronas.
Además, el modelo sugiere que varias células podrían coordinar estas señales y generar efectos eléctricos a mayor escala.
Eso ayudaría a explicar cómo los tejidos logran comportamientos colectivos sin depender solo de señales químicas lentas.
Más allá del cuerpo humano, el equipo plantea que estas ideas podrían inspirar nuevos materiales y redes computacionales bioinspiradas.
Comprender cómo la electricidad surge del movimiento celular podría abrir caminos tanto para la biología como para la tecnología futura.





