Cuando caminamos sin rumbo claro por un parque, una estación o un festival, creemos que elegimos cada giro al azar. Pero nuestro cuerpo podría discrepar.
Una investigación internacional encontró que muchas personas muestran una pequeña pero consistente preferencia por girar hacia la izquierda, formando trayectorias contrarias al reloj cuando caminan libremente.
El trabajo apareció en Nature Communications y examinó cómo nos movemos en lugares y culturas.
La pista surgió durante estudios sobre distanciamiento social en la pandemia. Al revisar los movimientos, los investigadores notaron raro: los grupos tendían a circular antihorariamente.
Esa observación no parecía suficiente para sacar conclusiones. Tal vez la gente seguía a otros, respondía al espacio disponible o simplemente repetía una costumbre local.
Por eso, el equipo comparó pruebas en España y Japón, países con normas sociales distintas. También estudió recintos abiertos, cerrados, grupos y personas caminando solas.
En uno de los experimentos, 209 participantes caminaron libremente dentro de un recinto hexagonal armado con sillas y mesas. Allí no había multitud que guiara.
Aun así, la tendencia permaneció. No fue enorme, pero sí estadísticamente significativa: al moverse sin instrucciones precisas, las personas eligieron más veces el sentido contrario.
El resultado apareció tanto en grupos como en individuos. Eso importa porque reduce la posibilidad de que nazca por imitación o presión social del grupo.
Además, la preferencia no cambió según la mano dominante, el pie dominante ni el sexo de los participantes. Esa falta de diferencias descartó explicaciones fáciles.
La edad fue la única variable con una diferencia visible. Los participantes más jóvenes mostraron una inclinación algo mayor hacia los giros a la izquierda.
Pero el trabajo no incluyó personas mayores de treinta y tantos años. Por eso, no sabemos si esa tendencia se mantiene, cambia o desaparece después.
Los científicos también probaron si los ojos explicaban el patrón. Cubrieron un ojo, izquierdo o derecho, y la preferencia antihoraria siguió apareciendo de manera similar.
Eso hace menos probable que la causa esté en una diferencia visual. También parece poco probable que intervengan fuerza de Coriolis o el magnetismo terrestre.
Los autores sospechan que existe alguna asimetría biológica o mecánica en nuestra forma de movernos. Sin embargo, no pueden decir cuál es ni dónde empieza.
La idea parece pequeña, pero puede tener consecuencias prácticas. Si personas tienden a girar igual, los espacios concurridos podrían organizarse para reducir choques y confusiones.
Aeropuertos, museos, estaciones, centros comerciales y estadios podrían usar esta información al planear pasillos, entradas y rutas de evacuación, sobre todo cuando se acumulan multitudes.
También podría ayudar a entender por qué carreras y competencias automovilísticas usan circuitos antihorarios. Esa costumbre existe desde hace tiempo, aunque nadie la explica bien.
Los siguientes experimentos podrían incluir adultos mayores, personas con distintas capacidades de movimiento y pruebas de realidad virtual. Así podrán controlar mejor estímulos del entorno.
También queda por averiguar si otros animales muestran algo parecido. Algunas hormigas parecen hacerlo al explorar nidos desconocidos, pero faltan estudios para saberlo con seguridad.





