Viajar al espacio suena emocionante, pero también abre preguntas raras. Una de ellas es si la reproducción humana funcionaría igual lejos de la gravedad terrestre y dentro de microgravedad.
Un estudio publicado en Communications Biology por un equipo de la Universidad de Adelaide puso el foco en algo muy específico: cómo se orientan los espermatozoides cuando la gravedad deja de guiarlos.
La idea puede parecer casi absurda al principio, pero no lo es. Si la humanidad quiere permanecer mucho tiempo en el espacio, también necesita entender cómo se reproducirá allí.
Y eso no importa solo para las personas. También importa para los animales que podríamos llevar algún día, ya sea para investigación, alimento o futuros sistemas de vida autosuficientes.
Para investigar el problema, los científicos simularon microgravedad en la Tierra con una máquina llamada clinostato 3D, que gira constantemente y desorienta a las muestras biológicas.
Al girar de forma continua, esa máquina hace que las células no perciban claramente qué es arriba, qué es abajo, ni cuál sería una dirección estable.
Con ese sistema, el equipo observó cómo espermatozoides humanos, de cerdo y de roedores avanzaban por un canal diseñado para parecerse al tracto reproductivo femenino de mamíferos.
La prueba era simple en apariencia: ver si lograban orientarse y atravesar ese recorrido. Pero el resultado mostró que la falta de gravedad les complicaba bastante encontrar el camino.
Los investigadores vieron una reducción clara en la cantidad de espermatozoides que lograban llegar correctamente al final del recorrido bajo condiciones de microgravedad simulada.
Lo llamativo es que no parecía un problema de movimiento puro. No es que dejaran de nadar bien, sino que parecían perder el sentido de dirección.
Es como si siguieran avanzando, pero sin saber muy bien hacia dónde. Estaban activos, sí, pero mucho más desorientados dentro de ese laberinto microscópico.
Los autores creen que, sin la referencia de la gravedad, estas células podrían perder contacto con las paredes del canal, que normalmente les ayudarían a mantener una ruta.
O sea, tal vez no necesitan solo moverse, sino también sentir el entorno para corregir el rumbo. Y sin esa pista física, su navegación se vuelve menos confiable.
Aun así, no todo depende de la gravedad. Los científicos lograron guiar espermatozoides humanos hasta el final del canal cuando añadieron una señal química fuerte con progesterona.
Eso sugiere que las señales químicas pueden compensar parte del problema. Aunque la gravedad falte, todavía habría mecanismos biológicos capaces de orientar a los espermatozoides hacia el óvulo.
Pero el asunto no termina ahí. Incluso si un espermatozoide encuentra el óvulo, la exposición a microgravedad podría afectar lo que pasa después de la fecundación.
Cuando los investigadores expusieron espermatozoides de ratón durante cuatro horas a esa microgravedad simulada, las tasas de fecundación bajaron alrededor de un 30 por ciento.
Y cuando la exposición se prolongó entre cuatro y seis horas, aparecieron problemas mayores, como retrasos en el desarrollo embrionario y menos células en etapas muy tempranas.
Todavía no está claro si lo mismo ocurriría en humanos, pero el comportamiento parecido entre espermatozoides humanos y de ratón hace que la pregunta sea muy seria.
Con el auge del turismo espacial y los planes de estancias largas fuera de la Tierra, estos resultados dejan claro que reproducirse en el espacio podría ser bastante más complicado de lo pensado.




