Ötzi, el famoso hombre de hielo, murió hace unos 5.300 años en los Alpes de Ötztal, entre Italia y Austria.
Su cuerpo quedó momificado por el frío extremo, que frenó la actividad microbiana y evitó una descomposición normal durante miles de años.
Pero un nuevo estudio publicado en Microbiome muestra algo bastante inesperado: su cuerpo quizá no está tan “muerto” como parece.
Los investigadores analizaron los microbios que viven, o vivieron, sobre su piel, dentro del cuerpo y en el agua de deshielo.
Ötzi fue descubierto en 1991 por dos excursionistas, que al comienzo pensaron que habían encontrado a un montañista fallecido recientemente.
Solo después, en el laboratorio, se dieron cuenta de que era un cazador de la Edad del Cobre, conservado de manera extraordinaria.
Desde entonces, la ciencia ha reconstruido muchos detalles de su vida: tenía unos 46 años, tatuajes, ropa de pieles y una dieta variada.
También se había estudiado antes su microbioma intestinal, que parecía más parecido al de poblaciones antiguas no industrializadas que al de personas occidentales modernas.
Incluso encontraron una antigua cepa de Helicobacter pylori, una bacteria del estómago asociada hoy con úlceras y cáncer gástrico.
Pero esos estudios trataban a los microbios como restos biológicos, no como posibles organismos todavía activos en alguna forma.
Por eso, el equipo tomó muestras de varias partes del cuerpo, del agua interna, de tejidos ya estudiados y del suelo donde apareció.
Luego analizaron ADN y ARN para distinguir qué microbios eran antiguos, cuáles venían del ambiente y cuáles podrían seguir funcionando hoy.
Los resultados mostraron dos grupos principales. Por un lado, microbios antiguos que probablemente formaban parte del cuerpo de Ötzi cuando vivía.
Por otro lado, encontraron levaduras amantes del frío, presentes en la piel y en el agua de deshielo dentro de la momia.
Estas levaduras están adaptadas a ambientes helados y se parecen genéticamente a microbios encontrados en lugares extremos, como la Antártida.
Eso sugiere que llegaron desde el glaciar que preservó el cuerpo, pero algunas señales llamaron aún más la atención.
Algunas muestras estaban muy degradadas, como esperaríamos en material antiguo. Otras, en cambio, parecían más frescas y sugerían actividad reciente.
Los científicos no pueden saber si esas levaduras llevan una línea continua viviendo allí durante milenios, o si estaban dormidas y despertaron.
Lo que sí parece claro es que el cuerpo de Ötzi ha permitido que ciertos microbios sobrevivan de alguna manera.
De hecho, una especie aumentó entre muestras tomadas en 2010 y 2019, señal de que podría reproducirse lentamente bajo cero.
Y hay otro detalle curioso: el cuerpo fue tratado con fenol para frenar hongos, pero algunas levaduras pueden metabolizar ese compuesto.
Así que Ötzi no sería solo una momia congelada, sino una especie de archivo viviente donde conviven microbios antiguos, glaciares y modernos.





