Un estudio publicado en bioRxiv ha mostrado en detalle un hallazgo raro que se dio en el año 2023, en una zona del océano donde no llega la luz y casi nada parece moverse.
Ahí, a más de tres mil metros de profundidad, un vehículo operado a distancia detectó una esfera dorada pegada a una roca, brillando bajo sus luces intensas.
Al principio, los científicos pensaron que podía ser una cápsula de huevos abandonada por algún animal del fondo marino, algo lógico considerando lo poco que sabemos de esas profundidades.
Pero pasaron tres años y la explicación resultó mucho más extraña de lo que imaginaban, algo que no encajaba con ninguna de las hipótesis iniciales más razonables.
El objeto, de unos diez centímetros y con un agujero visible, estaba adherido a una roca en el golfo de Alaska, a unos tres mil doscientos metros bajo la superficie.
En ese entorno todo es extremo, el agua es helada, la oscuridad es total y la presión es tan alta que aplastaría cualquier equipo no diseñado específicamente para soportarla.
El hallazgo ocurrió durante una transmisión en vivo desde el barco Okeanos Explorer, mientras controlaban el robot Deep Discoverer y trataban de entender qué estaban viendo.
Las reacciones fueron inmediatas, algunos investigadores decían que no tenían idea de qué era, otros bromeaban con que parecía el inicio de una película de terror.
Aun así, decidieron recoger la muestra con el brazo robótico y llevarla al laboratorio, esperando confirmar que era una esponja muerta, un coral o una cápsula de huevos.
Pero el análisis no aclaró nada al inicio, al contrario, hizo el misterio más complicado, porque la estructura no coincidía con ningún organismo típico conocido.
El material era fibroso y estaba lleno de células urticantes llamadas cnidocitos, comunes en corales y anémonas, lo que apuntaba hacia un grupo muy específico de animales marinos.
Más concretamente, encontraron espirocistos, un tipo de célula que solo aparece en ciertos cnidarios, lo que reducía bastante las posibles opciones dentro del árbol evolutivo.
El problema fue el ADN, porque las primeras pruebas no dieron resultados claros debido a la contaminación con microorganismos que vivían sobre la muestra.
Entonces tuvieron que hacer algo más complejo, secuenciar el genoma completo, y ahí apareció una coincidencia con Relicanthus daphneae, descrita por primera vez en 2006.
Eso llevó a una conclusión inesperada, esa esfera no era un organismo completo, sino una especie de “piel” que la anémona había dejado atrás.
Se trata de una cutícula, una capa delgada y flexible que algunos de estos animales producen y que puede desprenderse, quedando como una lámina abandonada en el fondo marino.
Esta cutícula está compuesta principalmente de quitina, un material resistente que también forma partes duras en insectos y en las paredes celulares de los hongos.
Las observaciones sugieren que el animal puede moverse y desprenderse de esa capa, lo que explicaría por qué rara vez se encuentra en especímenes recolectados.
Otra posibilidad es que esté relacionada con su reproducción, ya que algunas anémonas pueden dejar parte de su cuerpo y regenerarse, creando nuevos individuos a partir de restos.
No está claro si eso ocurre en esta especie, pero la forma esférica podría ser un intento incompleto de reproducción asexual que quedó detenido en el proceso.
Además, la cutícula no queda inerte, se convierte en un pequeño ecosistema donde microorganismos se alimentan y descomponen el tejido, participando en ciclos químicos del océano.
Así que lo que parecía un objeto misterioso termina siendo algo igual de extraño, una anémona que literalmente se despoja de su propia “piel” y deja un festín para microbios.
Este tipo de hallazgos muestra lo poco que entendemos del fondo marino, un lugar donde incluso algo aparentemente simple puede esconder procesos biológicos inesperados y complejos.





