Hace unos 540 millones de años, la vida animal comenzó a diversificarse rápidamente durante la llamada explosión cámbrica, uno de los grandes episodios evolutivos de la historia terrestre.
Durante mucho tiempo, los científicos han relacionado ese cambio con más oxígeno, nuevos nutrientes y transformaciones ambientales ocurridas al final del período Ediacárico del planeta.
Ahora, una revisión publicada en Trends in Ecology & Evolution propone que otro factor bastante menos elegante también pudo contribuir: una enorme cantidad de excrementos en aquellos mares.
Los investigadores analizaron coprolitos, es decir, heces fosilizadas, junto con fósiles de aparatos digestivos antiguos encontrados en más de 35 yacimientos de distintas partes del mundo.
Los primeros animales del Ediacárico aparecieron hace alrededor de 600 millones de años, pero muchos tenían cuerpos simples y sistemas digestivos todavía bastante limitados en comparación.
Al comenzar el Cámbrico, surgieron animales con intestinos más complejos, nuevas formas de alimentarse y, naturalmente, maneras diferentes de expulsar sus desechos más eficientes.
En el registro fósil aparecen desde diminutos gránulos hasta excrementos alargados, algunos con fragmentos de conchas y restos de otros animales en su interior.
Con el tiempo, estos coprolitos aumentaron de tamaño y variedad, al mismo ritmo que los animales desarrollaban cuerpos mayores y aparatos digestivos más sofisticados.
Eso importa porque las heces no son simplemente basura. En los océanos actuales transportan carbono, nitrógeno, fósforo, hierro y otros nutrientes hacia aguas profundas.
Cuando el material fecal se hunde, lleva materia orgánica desde las capas superficiales hasta zonas donde otros organismos pueden aprovechar esos nutrientes para crecer.
Los autores creen que algo parecido comenzó a intensificarse durante el Cámbrico, cuando aumentó la cantidad de animales y también la producción de materia fecal.
Ese flujo habría cambiado la manera en que los nutrientes circulaban por los océanos, creando nuevas oportunidades para organismos que vivían cerca del fondo marino.
Además, los animales comenzaron a remover sedimentos, excavar madrigueras, comer organismos diferentes y devolver nutrientes al ambiente mediante sus propios productos de desecho.
Todo esto pudo generar una especie de círculo de retroalimentación: más animales producían más nutrientes disponibles, y esos nutrientes ayudaban a sostener ecosistemas más complejos.
A medida que crecían los animales, también aumentaba el tamaño de sus excrementos, que podían transportar cantidades mayores de materia orgánica hacia las profundidades oceánicas.
Los investigadores no sostienen que las heces expliquen por sí solas la explosión cámbrica, porque aquel episodio probablemente tuvo varias causas actuando al mismo tiempo.
El aumento del oxígeno, los cambios climáticos, la llegada de nutrientes desde los continentes y nuevas relaciones entre depredadores y presas también desempeñaron papeles importantes.
La propuesta añade otra pieza al rompecabezas: los sistemas digestivos y los desechos animales pudieron transformar físicamente los ecosistemas mientras evolucionaban nuevas formas de vida.
También muestra que algo tan cotidiano como defecar puede tener consecuencias enormes cuando ocurre a escala planetaria durante millones de años y modifica ciclos químicos.
La gran diversificación animal, entonces, pudo depender parcialmente de una revolución bastante poco glamorosa: animales comiendo, digiriendo y fertilizando sin querer los antiguos océanos.
