Casey Harrell vive con una forma avanzada de ELA, una enfermedad que paraliza el cuerpo y vuelve difícil hablar. Sin embargo, ahora puede com hace con ayuda de un implante experimental que traduce señales cerebrales vinculadas al intento de hablar. No lee pensamientos al azar ni adivina ideas privadas.
El trabajo, titulado “Long-term independent use of an intracortical brain–computer interface for speech and cursor control”, fue publicado en Nature Medicine en junio de 2026.
Harrell no puede mover casi ninguna parte de su cuerpo, y su voz natural dejó de ser comprensible. Aun así, conserva el deseo de conversar y participar.
Los investigadores colocaron pequeños electrodos en una zona cerebral relacionada con el habla. Allí registran la actividad que aparece cuando intenta formar palabras, sin que pronuncie sonidos.
Un programa externo analiza esas señales y las convierte en texto en tiempo real. Después, una voz digital puede leer las frases en voz alta como mensajes completos.
Esa voz no es cualquiera. El equipo la diseñó para que se parezca a la que Harrell tenía antes de que la enfermedad afectara su habla, usando grabaciones previas.
Para usar la computadora, él mira la pantalla. Un cursor circular sigue su mirada, y puede seleccionar opciones al pensar una orden específica, sin mover las manos.
Cada mañana necesita que alguien conecte el sistema, pero puede usarlo durante el día. El equipo va montado en un carrito móvil que permanece cerca.
Gracias a eso, envía mensajes, escribe correos, navega por internet y mantiene un empleo de tiempo completo, sin depender de investigadores presentes. También conversa con familiares y amigos.
Durante casi dos años, utilizó el dispositivo en casa por más de 3.800 horas. En ese tiempo produjo más de 183.000 frases.
Eso equivale a cerca de dos millones de palabras. Su velocidad promedio alcanzó 56 palabras por minuto, muy por encima de sus primeros intentos.
El avance no consiste solo en escribir rápido. Harrell recuperó una forma más directa de participar en conversaciones y de tomar decisiones cotidianas.
También puede elegir cuándo no comunicar nada. El sistema incluye un modo de privacidad que impide guardar sesiones para entrenar los programas futuros.
Cuando activa el dispositivo, las frases resultan correctas o mayormente correctas alrededor del 92 por ciento de las veces, según su propia evaluación.
Al principio dependía del apoyo constante del equipo investigador. Con ajustes técnicos y práctica, empezó a manejarlo prácticamente solo desde su casa.
El ensayo clínico BrainGate2 busca comprobar si estas interfaces son seguras y útiles para personas con parálisis grave que no pueden hablar.
Participan investigadores de la Universidad de California en Davis, Brown University y Mass General Brigham Neuroscience Institute. Aún es una tecnología experimental.
Por eso, este caso no significa que el implante esté listo para cualquier paciente. Faltan más participantes, seguimientos largos y mejoras que reduzcan las limitaciones.
Pero demuestra algo importante: una interfaz cerebral puede salir del laboratorio y acompañar la vida diaria, permitiendo que alguien vuelva a expresarse con mayor autonomía.
