Un hongo se ha estado alimentando de la radiación en el interior de Chernóbil

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Un hongo se ha estado alimentando de la radiación en el interior de Chernóbil

Cladosporium sphaerospermum, cultivado en el Centro Hospitalario Universitario de Coimbra, Portugal. (Rui Tomé/Atlas de Micología, utilizado con permiso)

Casi cuarenta años después del accidente nuclear de Chernóbil, un hongo negro sigue creciendo dentro de una de las zonas más radiactivas conocidas del planeta.

Mientras las personas tienen prohibido permanecer allí por seguridad, varias formas de vida encontraron maneras de sobrevivir. Algunas incluso parecen prosperar sin presencia humana cercana.

El protagonista es Cladosporium sphaerospermum, un hongo oscuro hallado adherido a paredes interiores del reactor dañado. Su color negro proviene de un pigmento llamado melanina.

La melanina también existe en nuestra piel, donde ayuda a protegernos de la radiación ultravioleta. En este hongo podría cumplir una tarea todavía más sorprendente.

Algunos investigadores sospechan que utiliza la radiación ionizante de forma parecida a como las plantas usan la luz solar. A esa posibilidad la llaman radiosíntesis.

No significa que el hongo convierta automáticamente radiación en alimento como una planta produce azúcares. Esa idea resulta atractiva, pero todavía no tiene demostración definitiva.

Todo comenzó cuando científicos inspeccionaron el refugio que cubre el reactor destruido. Allí identificaron decenas de especies de hongos, muchas oscuras y cargadas de melanina.

Entre ellas, Cladosporium sphaerospermum destacaba por su abundancia y por presentar altos niveles de contaminación radiactiva. Parecía resistir un ambiente letal para nosotros sin sufrir daños aparentes.

La radiación ionizante puede arrancar electrones de los átomos, alterar reacciones químicas y dañar moléculas importantes. En dosis altas, también puede romper el ADN.

Por eso se usa para destruir células cancerosas, aunque puede afectar tejidos sanos. Sin embargo, este hongo no solo resiste esa exposición extrema: parece crecer mejor.

Experimentos posteriores mostraron que la radiación modifica el comportamiento de su melanina. A partir de esos resultados, surgió la hipótesis de que podría aprovechar energía ambiental.

Pero falta la prueba principal: nadie ha demostrado que el hongo obtenga energía metabólica directamente de la radiación ni que fije carbono gracias a ella.

En otras palabras, los científicos todavía no conocen el mecanismo exacto. Puede que aproveche parte de esa energía, o que active defensas para tolerar mejor el daño.

La historia no termina en Chernóbil. Investigadores llevaron este hongo a la Estación Espacial Internacional para comprobar si podía actuar como una barrera contra radiación cósmica.

El trabajo, publicado en la revista Frontiers in Microbiology, encontró menos radiación bajo una capa del hongo que bajo un recipiente de comparación sin hongos.

Eso no demuestra radiosíntesis, pero sí sugiere que la biomasa oscura puede absorber o bloquear una pequeña parte de la radiación que la atraviesa.

El resultado ha despertado interés para viajes espaciales largos. Un material vivo que creciera durante una misión podría complementar los escudos tradicionales de una nave.

Aun así, sería prematuro pensar en paredes de hongos protegiendo astronautas pronto. La reducción medida fue modesta y faltan pruebas sobre estabilidad, seguridad y escalabilidad.

Además, no todos los hongos negros responden igual. Algunas especies aumentan su melanina ante radiación, pero no crecen más, lo que complica las explicaciones simples.

Por ahora, Cladosporium sphaerospermum demuestra algo fascinante: la vida puede adaptarse a condiciones extremas. Exactamente cómo logra hacerlo sigue siendo una pregunta abierta.