Dos agujeros negros supermasivos pueden chocar y formar uno nuevo que recibe un impulso tan fuerte que termina escapando de su propia galaxia para siempre.
Este escenario sería muy raro, pero podría explicar una estructura observada a unos 7.500 millones de años luz de la Tierra por varios telescopios actualmente.
En 2023, el telescopio espacial Hubble detectó una línea en una imagen, y varios investigadores propusieron una explicación bastante inusual para ese objeto lejano.
Según esa interpretación, un agujero negro supermasivo habría salido disparado de su galaxia a velocidad supersónica, dejando estrellas jóvenes formándose detrás durante el recorrido.
Imágenes posteriores del telescopio espacial James Webb y el análisis de la luz reforzaron esa posibilidad, aunque otros astrónomos siguen defendiendo una explicación más sencilla.
Un equipo de la Universidad de California en Santa Bárbara construyó un modelo matemático para averiguar qué clase de colisión produciría semejante expulsión cósmica.
El trabajo, publicado en la revista Physical Review Letters, tomó datos observacionales y simulaciones cosmológicas para reconstruir el posible pasado del objeto con mayor precisión.
Los investigadores trabajaron hacia atrás, como si estudiaran un fósil, usando sus características actuales para deducir qué ocurrió millones de años antes en aquella región.
El modelo indica que el agujero negro fugitivo habría nacido de dos gigantes, pero uno debía tener aproximadamente seis veces más masa que su compañero.
Además, el agujero negro más grande tendría que girar rápidamente, creando las condiciones necesarias para una fusión especialmente violenta y desequilibrada entre ambos.
La colisión habría ocurrido hace unos 70 millones de años y habría producido un impulso capaz de expulsar al nuevo agujero negro fuera de su galaxia.
Las simulaciones muestran que casi todas las fusiones provocan algún retroceso, pero normalmente la velocidad resultante resulta demasiado pequeña para abandonar una galaxia por completo.
Para alcanzar la velocidad propuesta en este caso, las condiciones tendrían que ser poco comunes y aparecerían en menos del diez por ciento de fusiones.
Algunos astrónomos consideran posible el mecanismo, pero creen que la explicación más sencilla sigue siendo una galaxia vista exactamente desde uno de sus bordes.
Desde esa perspectiva, la supuesta estela podría ser en realidad un disco galáctico lleno de regiones donde nacen nuevas estrellas a lo largo de su estructura.
Sus mediciones también encajarían con la relación entre masa estelar y velocidad de rotación que suele observarse en las galaxias con forma de disco conocidas.
El equipo que apoya la idea del agujero negro reconoce que existen alternativas, pero considera que su hipótesis explica mejor varias características observadas hasta ahora.
La discusión podría resolverse con nuevas imágenes del James Webb, capaces de mostrar si realmente existe una galaxia vista de canto en esa zona del espacio.
Otra posibilidad consiste en buscar las ondas gravitacionales que habría producido aquella antigua fusión, una señal muy débil pero potencialmente detectable con instrumentos diseñados para ello.
La futura misión espacial LISA podría registrar ese tipo de ondas y ayudar a confirmar si alguna vez ocurrió esta extraordinaria expulsión cósmica en el universo distante.
