Durante décadas, los neurocientíficos han buscado entender cómo el cerebro produce la conciencia, esa experiencia interna que nos permite sentir, pensar, recordar y percibir.
Sabemos que determinadas áreas y circuitos cerebrales participan cuando vemos algo, sentimos miedo, recordamos una experiencia o tomamos conscientemente alguna decisión importante.
También sabemos que una lesión cerebral, una enfermedad, la anestesia o incluso la estimulación eléctrica pueden modificar profundamente nuestra experiencia consciente o eliminarla temporalmente.
Pero sigue existiendo una pregunta mucho más difícil: ¿por qué toda esa actividad eléctrica y química del cerebro viene acompañada de una experiencia subjetiva?
Un neurocientífico del Allen Institute propone reconsiderar una de las ideas más básicas del campo: quizá el cerebro no produzca realmente la conciencia desde cero.
Su propuesta se apoya en décadas de investigación sobre conciencia, incluidos trabajos publicados en la revista Nature Reviews Neuroscience, aunque continúa siendo una hipótesis filosófica.
La idea no niega que el cerebro resulte fundamental para nuestra experiencia consciente, algo respaldado por una enorme cantidad de observaciones y experimentos neurológicos.
Lo que cuestiona es exactamente cuál sería su función: en lugar de fabricar conciencia, el cerebro podría organizar, limitar o moldear algo que ya existe.
Esta forma de pensar se relaciona con una corriente filosófica llamada idealismo analítico, que considera la conciencia como una característica fundamental de la propia realidad.
Desde esa perspectiva, nuestro cerebro funcionaría más como un filtro que genera nuestra experiencia individual a partir de una forma de conciencia mucho más amplia.
El problema es que actualmente no existen experimentos que demuestren que esta interpretación sea correcta, y tampoco constituye una teoría científica establecida sobre la conciencia.
De hecho, su defensor reconoce que estas ideas necesitan convertirse en hipótesis concretas que los científicos puedan poner a prueba mediante experimentos y observaciones reproducibles.
Parte de su cambio de perspectiva surgió además de una experiencia personal intensa, durante la cual sintió desaparecer temporalmente la separación entre él y su entorno.
Él mismo aclara que esa experiencia subjetiva no constituye evidencia científica, aunque considera que lo llevó a cuestionar algunas suposiciones que antes aceptaba.
La cuestión central sigue siendo uno de los mayores problemas de la neurociencia: podemos observar qué ocurre cuando aparece una experiencia, pero desconocemos por qué sentimos algo.
Por ejemplo, podemos seguir las señales cerebrales relacionadas con ver el color rojo, pero eso no explica completamente por qué existe la sensación consciente del rojo.
Actualmente existen varias teorías científicas que intentan relacionar actividad cerebral y conciencia, pero ninguna ha conseguido resolver de manera definitiva este llamado problema difícil.
La propuesta también afectaría al debate sobre inteligencia artificial, porque una computadora extremadamente avanzada no tendría necesariamente conciencia simplemente por procesar muchísima información correctamente.
Eso tampoco demuestra que una inteligencia artificial consciente sea imposible, sino que inteligencia, capacidad de cálculo y experiencia subjetiva podrían ser fenómenos bastante diferentes.
Por ahora, la posibilidad de que la conciencia forme parte fundamental de la realidad sigue siendo especulativa, pero plantea una pregunta que la neurociencia todavía enfrenta.
Después de décadas estudiando neuronas y circuitos, conocemos cada vez mejor qué hace el cerebro cuando estamos conscientes, pero todavía desconocemos por qué existe esa experiencia.
