Solemos imaginar los agujeros negros como objetos enormes, con masas de varias estrellas o incluso miles de millones de soles.
Pero algunos científicos creen que también podrían existir agujeros negros diminutos, formados poco después del Big Bang.
Un nuevo preprint disponible en arXiv propone un candidato muy extraño: un posible agujero negro primordial llamado Phoebe.
El equipo, liderado desde la Universidad Tecnológica de Swinburne, en Australia, llegó a esta idea tras analizar un evento de microlente gravitacional.
La microlente ocurre cuando un objeto pasa delante de una estrella lejana y su gravedad dobla la luz de esa estrella.
Desde la Tierra, eso se ve como un aumento breve de brillo, aunque el objeto que causa el efecto no emita luz.
En 2019, la Dark Energy Camera observó algo así mientras miraba hacia la Gran Nube de Magallanes.
Durante aproximadamente una hora, una estrella aumentó su brillo, mientras las fuentes de luz cercanas no hicieron lo mismo.
Eso sugería que algo compacto pasó por delante de la estrella y actuó como una lupa gravitacional natural.
Estos eventos no son desconocidos. Se han asociado antes con agujeros negros, estrellas débiles, planetas errantes y otros objetos oscuros.
Pero este caso llamó la atención porque las estadísticas no encajaban tan bien con las explicaciones más comunes.
Los investigadores primero tuvieron que descartar problemas del instrumento, llamaradas estelares, contaminación de otras estrellas y variaciones propias de la estrella observada.
Luego probaron varios modelos: un planeta errante en la Vía Láctea, uno en la Gran Nube de Magallanes, o un agujero negro primordial.
Según sus cálculos, el objeto que produjo la señal tendría muchas más probabilidades de estar en el halo oscuro de la Vía Láctea.
Ese halo es una región enorme y difusa alrededor de nuestra galaxia, donde se distribuye parte de la materia oscura.
La explicación preferida del equipo es que Phoebe sería un agujero negro primordial de unas tres veces la masa de la Luna.
Aunque tendría una masa lunar, su tamaño sería extremadamente pequeño, porque los agujeros negros concentran mucha masa en muy poco espacio.
Este tipo de agujeros negros no se formaría por la muerte de estrellas, como ocurre con los agujeros negros conocidos.
La idea es que, en el universo temprano, pequeñas fluctuaciones de densidad pudieron colapsar por gravedad y formar objetos compactos.
Por ahora, los agujeros negros primordiales siguen siendo hipotéticos. No tenemos una detección definitiva aceptada por toda la comunidad científica.
Y aquí conviene tener cuidado: Phoebe también podría ser un planeta errante en el halo de la Vía Láctea.
Los planetas errantes existen con mucha más probabilidad observacional, pero normalmente se esperan en zonas con muchas estrellas.
El halo galáctico, en cambio, tiene poca población estelar. Por eso, en ese lugar, un agujero negro podría ser estadísticamente más plausible.
El hallazgo aparece en medio de otro debate reciente sobre posibles microlentes causadas por agujeros negros primordiales cerca de Andrómeda.
Un equipo interpretó varios eventos como candidatos compatibles con agujeros negros primordiales, pero otro grupo los atribuyó después a estrellas normales.
Por eso Phoebe no cierra la discusión. Más bien añade una nueva pieza a una controversia todavía abierta.
Si existieran muchos objetos compactos de masa lunar en el halo galáctico, podrían estar relacionados con la materia oscura.
Pero para confirmar algo así hacen falta telescopios más sensibles y observaciones de alta cadencia, capaces de captar eventos muy breves.
El futuro telescopio Roman y el Observatorio Vera C. Rubin podrían ayudar a encontrar más señales parecidas.
Si aparecen varios eventos similares, los astrónomos podrán saber si Phoebe fue una rareza o el primer indicio de una población oculta.
