Trabajar de noche no es poca cosa. Mantenerse despierto mientras el cuerpo espera dormir puede afectar el ánimo, la memoria y la salud general.
Ahora, un estudio publicado en NeuroImage encontró señales de que el trabajo por turnos también podría relacionarse con cambios medibles en el cerebro.
Investigadores de Singapur analizaron datos de resonancias magnéticas y registros de salud de 14.198 adultos de mediana y mayor edad.
Dentro de ese grupo, identificaron a 2.122 personas que trabajaban por turnos, muchas de ellas en horarios nocturnos o no tradicionales.
Al comparar sus cerebros, encontraron una pérdida modesta de volumen en dos regiones específicas: el tálamo derecho y la amígdala izquierda.
El tálamo funciona como una especie de centro de relevo de información y participa en procesos como la memoria y la atención.
La amígdala, por su parte, ayuda a regular las emociones. Por eso aparece mucho en estudios sobre estrés, miedo y respuestas emocionales.
Lo llamativo es que ambas regiones también se relacionan con el sueño, los ritmos del cuerpo y síntomas frecuentes del trabajo nocturno.
Quienes trabajan de noche suelen dormir peor, sentirse más cansados y tener más dificultades para regular emociones o mantener la concentración.
El estudio no dice que el trabajo nocturno destruya el cerebro. La pérdida encontrada fue pequeña y los autores piden interpretarla con cautela.
De hecho, cuando analizaron pruebas cognitivas, vieron una relación entre más pérdida de volumen y peor rendimiento en algunas pruebas.
Pero ese efecto también fue muy pequeño. No apareció en todas las pruebas y no permite sacar conclusiones exageradas sobre inteligencia o conducta.
Aun así, el hallazgo es importante porque este es uno de los estudios más grandes realizados sobre trabajo por turnos y estructura cerebral.
También ajustaron los resultados por factores como edad, sexo, cronotipo y volumen del cráneo, para evitar comparaciones demasiado simples.
Otro punto relevante es que esos cambios podrían ser parcialmente reversibles. Cuando las personas dejaban el trabajo por turnos, parte del volumen se recuperaba.
Según los datos, esa recuperación parcial ocurría en promedio dentro de unos dos años y medio después de abandonar ese tipo de horario.
Eso sugiere que el cerebro no queda necesariamente marcado para siempre. Puede adaptarse, reorganizarse y recuperarse bajo ciertas condiciones.
Los investigadores plantean que estos cambios podrían ser una señal temprana de vulnerabilidad causada por la alteración crónica del ritmo circadiano.
El ritmo circadiano es el reloj interno que ayuda a coordinar sueño, hambre, temperatura corporal, hormonas y niveles de energía.
Cuando una persona trabaja de noche repetidamente, ese reloj recibe señales contradictorias: luz cuando debería dormir y actividad cuando debería descansar.
Además, pueden influir otros factores, como recibir menos luz solar, comer a horas inusuales o dormir en horarios fragmentados.
Pero todavía falta mucho por entender. El estudio se hizo en adultos mayores, así que no sabemos si ocurre igual en jóvenes.
Tampoco sabemos si esos cambios cerebrales causan síntomas, si son una adaptación o si aparecen solo en algunas personas más sensibles.
Los autores incluso mencionan una posibilidad curiosa: quizá algunos cerebros cambian para tolerar mejor el trabajo nocturno y seguir funcionando.
Hoy, millones de personas trabajan en horarios no tradicionales, especialmente en salud, seguridad, transporte, fábricas y servicios de emergencia.
Por eso, entender estos efectos importa. No para asustar, sino para diseñar mejores horarios, descansos y estrategias de recuperación.
