Hace entre 20 000 y 30 000 años, los cazadores humanos no elegían mamuts al azar. Un análisis genético indica que perseguían principalmente hembras adultas lanudas de forma deliberada.
El estudio, publicado en la revista Current Biology, examinó ADN de cientos de fósiles y encontró una diferencia clara entre yacimientos humanos y naturales antiguos.
Los investigadores analizaron restos de 521 mamuts lanudos hallados en Eurasia y Norteamérica, y determinaron su sexo mediante fragmentos genéticos conservados en dientes fósiles.
Cien ejemplares procedían de once lugares relacionados con actividad humana, donde también aparecieron fogones, herramientas, marcas de corte y puntas incrustadas en huesos antiguos.
Los otros 421 provenían de acumulaciones naturales, formadas cuando los animales quedaron atrapados en pozos, deslizamientos, pantanos o terrenos difíciles y murieron allí solos.
En estos sitios naturales, el 67 por ciento de los restos pertenecía a machos, probablemente porque solían caminar solos y caían con mayor facilidad accidentalmente.
Algo parecido ocurre hoy con elefantes, bisontes y osos machos, cuyos movimientos solitarios aumentan sus posibilidades de terminar atrapados accidentalmente en ciertos lugares naturales peligrosos.
En los campamentos humanos ocurrió lo contrario: alrededor del 70 % de los mamuts encontrados eran hembras, una diferencia demasiado grande para parecer puramente casual.
Los cazadores quizá preferían hembras porque eran más pequeñas, se movían acompañadas por crías y podían resultar más lentas o predecibles durante los ataques coordinados.
También es posible que no seleccionaran individuos concretos, sino que esperaran a manadas completas formadas principalmente por hembras adultas y jóvenes en movimiento estacional.
Las manadas de elefantes actuales siguen rutas estacionales bastante regulares, mientras los machos suelen desplazarse de manera más impredecible y separada por grandes distancias solitarios.
Si los mamuts se comportaban igual, algunos campamentos paleolíticos pudieron colocarse estratégicamente junto a caminos migratorios usados cada año por numerosas manadas de hembras adultas.
De esta manera, los grupos humanos sabían dónde esperar, cuándo preparar una cacería y cómo aprovechar carne, grasa, pieles, huesos y marfil disponibles después.
Las madres también protegían a sus crías colocando el cuerpo delante, un comportamiento que pudo hacerlas más vulnerables frente a cazadores organizados y persistentes durante ataques.
Los datos muestran que aquellos humanos comprendían bastante bien el comportamiento de los mamuts y probablemente tenían métodos estructurados para acercarse, atacarlos y procesarlos después.
El análisis también identificó un mamut con una alteración genética poco común: algunas células tenían dos cromosomas sexuales y otras conservaban solamente uno funcional.
En humanos, una condición parecida causa el síndrome de Turner. Nunca se había encontrado una mutación de cromosomas sexuales en una especie extinta hasta ahora.
El descubrimiento confirma que animales prehistóricos también presentaban variaciones genéticas comparables con las observadas actualmente en seres humanos y otros mamíferos domésticos modernos vivos.
Sin embargo, la preferencia por hembras añade nuevas pruebas de que la caza humana pudo contribuir al descenso de las poblaciones de mamuts lanudos con el tiempo.
Al atacar animales reproductores y manadas con crías, aquellas comunidades quizá redujeron lentamente un recurso esencial sin comprender completamente las consecuencias para su supervivencia futura colectiva.
