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Los humanos en los Andes han desarrollado un extraño superpoder digestivo

Un estudio publicado en Nature Communications sugiere que algunas poblaciones humanas podrían haber seguido evolucionando gracias a un alimento muy común: la papa.

La investigación se centró en personas indígenas que viven en las zonas altas de los Andes, especialmente poblaciones quechuas con ascendencia andina peruana.

Esta región ya era famosa para estudiar adaptación humana, sobre todo por la vida en altura, donde hay menos oxígeno disponible.

Pero este trabajo mira otra presión evolutiva menos evidente: la dieta. Y ahí la papa entra como protagonista inesperada.

Los Andes fueron una de las primeras regiones donde se domesticó la papa, hace miles de años, probablemente entre 10.000 y 6.000 años atrás.

Eso significa que muchas generaciones de personas dependieron de un alimento rico en almidón, una forma de carbohidrato que el cuerpo debe descomponer.

Para digerir ese almidón, nuestro cuerpo usa una enzima llamada amilasa, que empieza a trabajar desde la saliva, antes de llegar al estómago.

La producción de esa enzima está relacionada con un gen llamado AMY1. Y aquí aparece la parte más llamativa del estudio.

Las personas no tienen exactamente el mismo número de copias de ese gen. Algunas tienen pocas copias y otras tienen muchas más.

En general, los seres humanos suelen tener entre 2 y 20 copias de AMY1 por célula diploide, con una mediana global de 7.

Los investigadores analizaron los genomas de 3.723 personas de 85 poblaciones del mundo. Luego compararon cuántas copias de AMY1 tenían.

Encontraron que los indígenas quechuas de Perú tenían una mediana de 10 copias, una cifra mayor que la de casi todas las poblaciones estudiadas.

La interpretación es que quienes tenían más copias de AMY1 pudieron digerir mejor dietas muy ricas en almidón, como las basadas en papa.

Esto no significa que alguien “desarrolló” ese gen por comer papas. La evolución no funciona como una respuesta inmediata del cuerpo.

Lo que probablemente ocurrió es más lento. Las personas con más copias ya existían, y esa característica les dio una pequeña ventaja.

Con el paso de muchas generaciones, quienes digerían mejor el almidón pudieron sobrevivir más, tener más hijos o mantenerse en mejores condiciones.

El equipo calculó que esta ventaja pudo aportar alrededor de 1,24 por ciento de beneficio reproductivo o de supervivencia por generación.

Puede sonar poco, pero en evolución una ventaja pequeña, repetida durante miles de años, puede cambiar mucho la frecuencia de un rasgo.

Además, los métodos de datación genética sugieren que AMY1 ya estaba presente antes de la domesticación de la papa.

Lo importante es que el número de copias empezó a aumentar alrededor de hace 10.000 años, justo cuando la papa comenzó a domesticarse.

Esa coincidencia temporal hace pensar que la adaptación no apareció por azar, sino ligada a una larga historia de consumo de papa.

El estudio también comparó con poblaciones descendientes de los mayas, que no tuvieron la misma historia prolongada de cultivo de papa.

En esas poblaciones no apareció el mismo patrón, lo que refuerza la idea de una adaptación específica a la dieta andina.

Este hallazgo muestra que la evolución humana no terminó. Nuestro cuerpo sigue respondiendo, generación tras generación, a presiones del ambiente.

Y esas presiones no siempre son dramáticas, como el frío extremo, la falta de oxígeno o la radiación intensa.

A veces pueden venir de algo tan cotidiano como el alimento que una población come durante miles de años.

También complica algunas ideas populares sobre la “dieta paleolítica”, porque muestra que distintos grupos humanos sí pudieron adaptarse a dietas agrícolas.

Durante la mayor parte de la historia, la gente comía lo que tenía cerca, igual que sus padres, abuelos y antepasados.

Hoy comemos alimentos de todo el mundo, importados o cultivados lejos de su lugar original, y eso cambia completamente el panorama.

La pregunta que deja el estudio es fascinante: si una papa pudo moldear genes en los Andes, ¿qué hará nuestra dieta globalizada?

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