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Las bacterias intestinales podrían ser un desencadenante oculto de las enfermedades neurodegenerativas

IA

Un nuevo estudio sugiere que ciertos azúcares producidos por bacterias intestinales podrían estar relacionados con dos enfermedades neurodegenerativas muy graves.

Hablamos de la esclerosis lateral amiotrófica, conocida como ELA, y la demencia frontotemporal, o DFT, dos enfermedades que dañan neuronas.

La ELA afecta sobre todo el movimiento muscular y termina siendo fatal. La DFT provoca cambios profundos en conducta, lenguaje y, a veces, movimiento.

Todavía no sabemos con claridad cómo empiezan estas enfermedades. Por eso los científicos están mirando más allá del cerebro, incluso hacia el intestino.

En un estudio publicado en Cell Reports, investigadores de Case Western Reserve University analizaron si ciertas bacterias intestinales podían influir en ese proceso.

La clave parece estar en un tipo específico de glucógeno, un azúcar producido por algunas bacterias del intestino.

Según los investigadores, este glucógeno bacteriano puede activar respuestas inflamatorias capaces de dañar el cerebro y contribuir a la muerte neuronal.

El equipo se enfocó en una pista genética. Algunas personas con ELA o DFT tienen una variación en el gen C9ORF72.

Pero aquí viene lo interesante: no todas las personas con esa variación genética desarrollan la enfermedad.

Eso significa que debe haber otros factores involucrados, quizá ambientales, relacionados con el estilo de vida o incluso con el microbioma intestinal.

Para investigarlo, los científicos trabajaron con ratones modificados para no tener el gen C9ORF72, imitando parte del riesgo genético humano.

Luego probaron distintas combinaciones de bacterias intestinales para observar cómo reaccionaba el sistema inmune de esos animales.

Así llegaron a una bacteria llamada Parabacteroides merdae, capaz de producir formas inflamatorias de glucógeno.

Cuando introdujeron esta bacteria en ratones criados sin bacterias intestinales, los animales desarrollaron inflamación fuerte y daño en la barrera hematoencefálica.

Esa barrera es una especie de filtro protector entre la sangre y el cerebro. Cuando falla, pueden entrar señales inflamatorias peligrosas.

Los investigadores también analizaron muestras fecales humanas. Encontraron niveles altos de glucógeno inflamatorio en 15 de 22 pacientes con ELA.

También lo hallaron en un paciente con DFT. En cambio, solo apareció en cuatro de 12 personas sanas usadas como comparación.

La idea es que el cuerpo detecta ese azúcar bacteriano como una amenaza y activa demasiado el sistema inmune.

Ese exceso de respuesta inmune podría terminar afectando el cerebro, sobre todo en personas con una predisposición genética.

Además, el gen C9ORF72 parece actuar normalmente como un freno frente al glucógeno. Si ese freno falla, el problema empeora.

Una parte esperanzadora del estudio apareció cuando los investigadores dieron a los ratones una enzima llamada alfa-amilasa, que descompone el glucógeno.

Con esa intervención, bajó la inflamación y los ratones vivieron más tiempo. Sin embargo, no mejoró su rendimiento motor.

Esto no significa que ya exista un tratamiento para humanos. Pero abre una posibilidad interesante: atacar el intestino para proteger el cerebro.

Los científicos ahora quieren estudiar grupos más grandes de pacientes con ELA y DFT antes y después del inicio de la enfermedad.

También plantean que los primeros ensayos clínicos para degradar glucógeno en pacientes podrían comenzar relativamente pronto, si los resultados siguen apoyando esa ruta.

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