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Las abejas también producen seda, y los científicos han descubierto cómo recrearla en un laboratorio

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El mundo produce enormes cantidades de plástico, así que muchos científicos buscan materiales ligeros, resistentes y biodegradables que puedan reemplazarlo en productos cotidianos y médicos.

Durante años, gran parte de esa atención se concentró principalmente en la seda de araña, famosa por combinar una resistencia extraordinaria con muy poco peso.

Sin embargo, existe otra opción natural mucho menos conocida: la seda de abeja, un material que muchas especies producen para proteger mejor a sus crías.

Las investigaciones sobre este material fueron publicadas en PLOS One y SynBio, y muestran cómo podría fabricarse en laboratorio sin dañar seriamente a las abejas.

La producción de seda está mucho más extendida de lo que solemos pensar. También aparece en hormigas, avispas y muchos otros grupos distintos de insectos.

Las abejas sociales usan seda para revestir las celdas donde crecen sus larvas, mientras muchas especies solitarias construyen con ella capullos muy resistentes y protectores.

Cerca de tres cuartas partes de las especies de abejas son solitarias, y muchas dependen completamente de estos capullos para sobrevivir a distintas amenazas ambientales.

Uno de los casos estudiados fue la abeja azul de los huertos, una polinizadora que forma capullos pequeños, alargados y sorprendentemente resistentes ante amenazas externas.

A diferencia del gusano de seda, que produce un hilo continuo, la larva de abeja trabaja realmente como una pequeña constructora dentro de su nido.

Ancla una fibra a la pared, mueve la cabeza para extenderla y la fija en otro punto, repitiendo cuidadosamente el proceso hasta quedar completamente encerrada.

El resultado tiene pocas capas, pero cada una ayuda a conservar humedad, permitir paso de gases, frenar microbios y soportar daños provocados desde el exterior.

Esa resistencia resulta vital porque ciertas avispas perforan los capullos con una estructura parecida a una aguja para depositar allí sus propios huevos en desarrollo.

La seda funciona entonces como la principal defensa de la larva. Además de resistir perforaciones, también sigue siendo flexible, transpirable y posee propiedades antimicrobianas naturales.

Estas características podrían servir para fabricar suturas, tejidos técnicos o estructuras médicas nuevas donde puedan crecer células humanas, aunque todavía falta desarrollar aplicaciones realmente prácticas.

El gran desafío consistía en obtener fibras sin destruir capullos ni lastimar a las larvas. Los primeros intentos fueron bastante lentos y rompían demasiados filamentos.

Por eso, el equipo creó un sistema impreso en tres dimensiones que reproduce con bastante fidelidad el espacio natural donde las larvas comienzan a construir.

Los investigadores observan diariamente a cada larva y retiran algunas fibras justo cuando empieza a hilar, mientras el animal continúa formando normalmente su propio capullo.

Después identifican los genes responsables, los insertan en microorganismos modificados y hacen que estos produzcan las proteínas necesarias para fabricar el material de manera artificial.

Con esas proteínas purificadas, el equipo creó películas transparentes e independientes, algo nunca conseguido antes utilizando la seda de una abeja solitaria directamente en laboratorio.

Ahora exploran combinaciones con otras proteínas naturales, incluida la baba del pez bruja, buscando materiales biodegradables que reúnan resistencia, elasticidad y protección frente a microbios.

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