Imagina un recuerdo de infancia que se siente real, pero se escapa. Un paseo a la playa, un columpio en el aire, una tarde buscando tréboles de cuatro hojas.
Ahora imagina que alguien mete ese instante en una botella y lo convierte en perfume. Suena a ciencia ficción, pero en el MIT ya trabajan en eso.
Anemoia
El científico Cyrus Clarke lidera un equipo que creó la Anemoia Device, una máquina física que transforma fotos antiguas en fragancias únicas usando inteligencia artificial generativa.
El nombre “anemoia” lo inventó el autor John Koenig en su libro The Dictionary of Obscure Sorrows. Describe la nostalgia por tiempos o lugares que nunca se vivieron.
Eso es justo lo que el equipo quiere capturar: la emoción de un pasado imaginado. No solo recordar, sino sentir algo que jamás ocurrió en la propia vida.
El proyecto explora la “memoria extendida”, la idea de que hoy almacenamos recuerdos en archivos digitales y los recuperamos desde pantallas, no solo desde el cerebro.
Ya se sabe que se pueden formar recuerdos indirectos, como cuando un padre repite una historia tantas veces que parece propia. La máquina lleva esa idea un paso más allá.
El proceso
La Anemoia Device parece sacada de una nave retro. Metal, plástico, una pantalla verde neón y tres perillas simples. Abajo, un recipiente de vidrio espera el perfume final.
El usuario introduce una fotografía. Un modelo de visión y lenguaje analiza la imagen y escribe una descripción breve y automática.
Si la foto muestra turistas en la Muralla China, la máquina puede describir la escena con detalles del paisaje y las personas.
Luego entran en juego tres perillas. Una define el protagonista, otra su edad y la tercera el estado de ánimo de la escena.
Clarke explica que las perillas reemplazan el típico texto en blanco que se usa para pedirle algo a la IA. Aquí se ajusta la escena como quien afina un instrumento.
Un modelo basado en ChatGPT-4o combina la descripción inicial y los ajustes del usuario en un pequeño relato poético.
Si se elige a la Muralla China como protagonista, el texto puede sonar como si la propia muralla narrara siglos de historia. Después viene el paso más sorprendente: convertir ese poema en olor real.
Un aroma lejano
El sistema elige entre una biblioteca de 50 aromas, desde libros viejos hasta cuero o tierra húmeda. Cada fragancia tiene etiquetas sobre notas y emociones.
El modelo decide cuáles mezclar y en qué proporciones. Luego, una pantalla olfativa con cuatro bombas extrae los líquidos y los deposita en el vaso.
El resultado puede oler a fogata, bambú, cedro y tierra, o a playa caliente de los años ochenta. Las combinaciones son prácticamente infinitas.
El experimento plantea una pregunta incómoda: ¿qué significa recordar cuando una máquina puede fabricar memorias aromáticas que nunca se vivieron?
