Los frailecillos, gaviotas, colimbos y petreles tienen una habilidad increíble; pueden volar, lanzarse al agua para perseguir a sus presas y, pocos segundos después, salir nuevamente a la superficie y remontar el vuelo. Esa capacidad inspiró a un grupo de ingenieros del MIT y de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en Suiza, para construir un robot que hace exactamente lo mismo.
El aparato, bautizado como FAAV, pesa menos de 300 gramos y combina un fuselaje, dos alas flexibles y una cola móvil. Su propósito no es reemplazar a las aves, sino ayudar a entender cómo estos animales logran desplazarse con tanta facilidad entre el aire y el agua, dos entornos con propiedades físicas muy distintas.
Densidad
Moverse bajo el agua resulta mucho más difícil porque es unas mil veces más densa que el aire. Por eso, el equipo estudió durante meses el vuelo y el nado de aves buceadoras como los frailecillos y los martines pescadores. Descubrieron que las especies pequeñas baten las alas cerca de diez veces por segundo cuando vuelan, pero reducen el ritmo a unas cuatro veces por segundo al nadar. Las aves más grandes lo hacen un poco más despacio debido al mayor tamaño de sus alas.
Con esa información diseñaron un robot cuyas alas pueden intercambiarse por otras de distintos tamaños. También incorporaron un motor impermeable, una batería y una cola que cambia de inclinación para controlar la dirección.
Las pruebas comenzaron en un tanque y luego continuaron en el lago Lemán. En cada experimento colocaban el robot medio metro bajo la superficie y modificaban la velocidad del batido de las alas y el ángulo de la cola hasta encontrar la combinación adecuada para salir del agua y seguir volando.
El experimento
Los mejores resultados aparecieron con alas de tamaño mediano. Además, comprobaron que la flexibilidad era fundamental. Las alas debían doblarse lo suficiente para ofrecer menos resistencia bajo el agua, pero conservar la rigidez necesaria para sostener el vuelo.
El robot alcanzó casi un metro por segundo al nadar y cerca de seis metros por segundo en el aire. Para despegar debía inclinarse unos 70 grados, evitando que las puntas de las alas tocaran la superficie durante el ascenso.
Lo más llamativo fue que logró salir del agua sin patas, algo que la mayoría de aves necesita para impulsarse. En el futuro, este diseño podría convertirse en un dron capaz de explorar océanos, recoger muestras y monitorear zonas peligrosas de manera mucho más económica y frecuente que los métodos tradicionales.
