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El telescopio espacial James Webb resuelve el misterio de los “pequeños puntos rojos” del universo

Los brillantes puntos rojos dispersos en las imágenes del Telescopio Espacial James Webb han desconcertado a los astrónomos desde que el observatorio comenzó a explorar el universo primitivo. Los científicos afirman ahora que estos misteriosos objetos son jóvenes agujeros negros envueltos en densas nubes de gas, que brillan mientras se alimentan y crecen rápidamente. (Concepto artístico).

Desde que el James Webb Space Telescope empezó a operar, astrónomos notaron pequeños puntos rojos en imágenes del universo lejano que no encajaban con nada conocido hasta ahora.

Investigadores de la University of Copenhagen lograron identificar qué son realmente estos objetos, en un estudio publicado en Nature el 14 de enero.

Cuando el telescopio comenzó a observar en diciembre de 2021, desde 1,5 millones de kilómetros de la Tierra, aparecieron señales inesperadas entre galaxias y estrellas conocidas.

Eran puntos rojos muy débiles, dispersos en el universo temprano, que no coincidían con ningún objeto observado previamente en esa etapa tan joven del cosmos.

Estos objetos aparecen cuando el universo tenía apenas unos cientos de millones de años y, curiosamente, desaparecen por completo alrededor de mil millones de años después.

Esa breve ventana temporal planteó una gran incógnita: qué podía brillar tanto durante poco tiempo y luego desvanecerse sin dejar rastro observable.

Una primera idea fue que se trataba de galaxias gigantes extremadamente lejanas, visibles gracias a la sensibilidad del James Webb a través de 13 000 millones de años.

Pero esa explicación chocaba con los modelos actuales, que indican que galaxias tan masivas no podían haberse formado tan pronto tras el Big Bang.

Tras dos años de análisis detallado, el equipo del Cosmic Dawn Centre del Niels Bohr Institute llegó a una conclusión distinta y mucho más convincente.

Los pequeños puntos rojos están alimentados por agujeros negros jóvenes, rodeados por densas nubes de gas ionizado que ocultan su verdadera naturaleza.

Estos agujeros negros no son gigantes extremos, sino objetos relativamente pequeños para estándares cósmicos, aunque siguen siendo millones de veces más masivos que el Sol.

Según los investigadores, estos agujeros negros están creciendo activamente, devorando gas de su entorno inmediato mientras liberan enormes cantidades de energía.

Ese proceso genera calor intenso que atraviesa parcialmente la nube de gas y produce el característico brillo rojizo observado por el telescopio.

La clave es que estos agujeros negros son unas cien veces menos masivos de lo que se pensaba inicialmente, evitando la necesidad de teorías exóticas.

Hasta ahora se han identificado cientos de estos puntos rojos, todos asociados a agujeros negros jóvenes en una fase temprana y muy activa.

Aunque son de los más pequeños observados, algunos alcanzan hasta diez millones de veces la masa del Sol y diámetros de millones de kilómetros.

Los agujeros negros crecen atrayendo gas, que forma un disco caliente al girar y comprimirse, alcanzando temperaturas de millones de grados.

Sin embargo, la mayor parte de ese gas no termina siendo absorbida, sino expulsada violentamente por los polos debido a la rotación y la radiación.

Por eso los astrónomos los describen como “comedores desordenados”, capaces de generar más energía que casi cualquier otro fenómeno conocido.

Este hallazgo ayuda a responder una gran pregunta: cómo existían agujeros negros supermasivos apenas 700 millones de años después del Big Bang.

Observar estos objetos en pleno crecimiento permite ver una etapa fugaz que nunca antes se había detectado de forma directa.

La densa envoltura de gas actúa como combustible, permitiendo un crecimiento rápido y explicando cómo alcanzaron tamaños colosales tan temprano.

Estos puntos rojos no son rarezas aisladas, sino una fase común en la historia temprana de los agujeros negros del universo.

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