La papa que comemos hoy no es tan simple como parece. Es el resultado de un cruce antiguo entre una planta de tomate y otra poco conocida llamada Etuberosum.
Las plantas Etuberosum se parecen a las de papa, pero con una gran diferencia: no producen tubérculos. Nada de esos ricos y llenadores “papines” que conocemos.
Un equipo liderado por Sandra Knapp, del Museo de Historia Natural de Londres, analizó tres grupos del género Solanum: el de la papa (Petota), el del tomate y el de Etuberosum.
Compararon 450 genomas de papas cultivadas y 56 especies silvestres. ¿Qué hallaron? Que todas tienen una mezcla constante de genes de tomate y de Etuberosum.
Eso sugiere que la papa nació de una hibridación entre los ancestros de esos dos grupos. Probablemente ocurrió hace unos 8 millones de años, en lo que hoy es Chile.
Ese cruce genético permitió una combinación nueva de genes. Y esa mezcla, al parecer, hizo posible que la nueva planta produjera tubérculos.
Knapp explica que eso le dio una ventaja para adaptarse a los ambientes fríos y secos que surgían en los Andes en ese entonces.
Así, la papa pudo expandirse y sobrevivir donde otras plantas no podían. Todo gracias a ese evento de hibridación.
Knapp dice que esto demuestra lo poderosa que puede ser la mezcla genética para crear nuevas formas de vida.
De hecho, aunque comemos partes distintas del tomate y de la papa, las plantas se parecen bastante. Y sí, hay papas que a veces dan frutos: parecen tomatitos verdes, pero saben horrible.
Brett Summerell, de los Jardines Botánicos de Sídney, no participó en el estudio, pero dijo que es una prueba sólida de esa hibridación antigua.
Además, destaca que entender estos cruces nos ayuda a cuidar las especies silvestres relacionadas con cultivos importantes como la papa.
Estas especies silvestres están amenazadas por la destrucción de sus hábitats y el cambio climático, lo que pone en riesgo su existencia.
Si las perdemos, también perdemos la clave para mejorar o salvar cultivos actuales en el futuro. Ahí hay diversidad genética que podría ser útil frente a nuevas enfermedades o sequías.
Este estudio fue publicado en Cell.
