Algunos de los mundos más extraños de la galaxia orbitan estrellas muertas llamadas enanas blancas, núcleos densos que quedan tras la desaparición estelar.
Una enana blanca nace cuando una estrella parecida al Sol agota su combustible, se expande como gigante roja, pierde capas externas y deja expuesto su núcleo.
Ese será probablemente el destino del Sol dentro de unos cinco mil millones de años, por eso los planetas cercanos a enanas blancas fascinan astrónomos.
Ahora, el telescopio espacial James Webb ha estudiado la atmósfera de un gigante gaseoso que gira alrededor de una enana blanca llamada WD 1856+534.
El planeta, WD 1856 b, está a ochenta y dos años luz. Su luz era difícil de analizar, pero Webb consiguió registrar su huella infrarroja.
La investigación, publicada en la revista Nature, ofrece la primera mirada detallada a la atmósfera de un planeta superviviente alrededor de una estrella ya extinguida.
Este objeto tiene un tamaño parecido al de Júpiter, pero su estrella remanente es comparable a la Tierra. Por eso, el planeta parece enorme junto a ella.
Cuando pasa frente a la enana blanca, bloquea alrededor del cincuenta y seis por ciento de su luz. El tránsito dura solo ocho minutos, una rareza extrema.
Los astrónomos tuvieron que crear modelos nuevos para interpretar esos datos. Las técnicas habituales no sirven bien cuando un planeta enorme cruza una estrella diminuta.
El resultado más sorprendente no fue un gas específico, sino la temperatura. Esperaban un mundo frío, parecido a Júpiter, con unos ciento trece grados bajo cero.
En cambio, detectaron una temperatura efectiva cercana a ciento veintiséis grados Celsius. Sigue siendo inferior a muchos gigantes conocidos, pero resulta demasiado alta para su entorno.
La estrella es vieja, débil y lleva miles de millones de años enfriándose. Por sí sola, no debería aportar suficiente energía para calentar tanto al planeta.
Además, las mediciones indican que WD 1856 b tiene entre cuatro y once masas de Júpiter. No sería siete veces más masivo, como sugerían estimaciones previas.
Su atmósfera parece rica en carbono y contiene metano. También muestra partículas suspendidas, llamadas aerosoles, que modifican cómo absorbe y libera el calor.
Esas pistas permiten reconstruir una historia posible. El planeta habría recibido un calentamiento intenso mucho después de que su estrella terminara su transformación final.
Una explicación propone que primero orbitaba más lejos y luego migró hacia dentro. Durante ese viaje, fuerzas gravitatorias pudieron comprimirlo y calentarlo internamente.
En este sistema existe además una pareja de estrellas cercana. Su gravedad pudo alterar la órbita del planeta y contribuir a ese cambio tardío.
Nada de esto confirma exactamente cómo sobrevivió durante la muerte de su estrella. Pero revela que los gigantes pueden tener una segunda etapa muy activa.
Para nuestro sistema solar, el resultado ofrece pistas sobre Júpiter y Saturno. Ambos probablemente sobrevivirán al final del Sol, aunque sus órbitas cambiarán mucho.
Todavía no sabemos qué ocurrirá con la Tierra. Estudios como este ayudan a entender el futuro lejano de los planetas cuando sus estrellas dejan de brillar.
