Un estallido de radio captado en junio de 2024 sorprendió a todos. No vino del espacio profundo, como suele pasar, sino de un satélite viejo de la NASA.
Los astrónomos pensaron que era otra de esas ráfagas rápidas de radio, eventos raros que normalmente llegan desde galaxias lejanas. Pero esta vez, la fuente estaba orbitando la Tierra.
La señal fue detectada por el radiotelescopio ASKAP en Australia. Venía entre los 695 y 1031 megahercios y duró apenas una fracción de segundo.
El equipo, liderado por Clancy James de Curtin University, analizó el tiempo que tardó la señal en llegar a cada antena para rastrear su origen.
Así descubrieron que el estallido no venía del espacio lejano, sino de algo a solo 4,500 kilómetros de la Tierra: el satélite Relay 2.
Ese satélite fue lanzado en 1964 y dejó de funcionar en 1967. Desde entonces, está flotando muerto en una órbita alta, entre 1,800 y 7,600 kilómetros.
Pensaron que podía ser solo un reflejo de luz solar, como ya ha pasado antes, pero esta vez no fue así. Era una señal real, no un reflejo.
Analizaron las posibles causas. Descubrieron dos opciones: una descarga electrostática o una mini colisión con una roca espacial diminuta.
Aunque ambas son posibles, los investigadores creen que fue una descarga electrostática, provocada por el exceso de electrones acumulados en el satélite.
Este tipo de descarga ocurre cuando un satélite en la magnetósfera de la Tierra acumula carga eléctrica y, de pronto, se libera con un chispazo.
Ya se habían visto cosas parecidas. En 2017, un estudio con el telescopio de Arecibo detectó señales similares desde un satélite GPS.
El caso de Relay 2 es valioso porque demuestra que incluso basura espacial puede generar señales que confunden a los astrónomos.
Además, sirve como advertencia: estas descargas podrían dañar satélites operativos. Es un riesgo poco visible, pero real.
La señal fue tan corta y fuerte que sugiere una nueva forma de estudiar estas descargas a distancia, sin necesidad de estar cerca del satélite.
Esto también ayuda a mejorar los filtros que usan los telescopios para no confundir señales naturales con ruidos provocados por nuestra tecnología.
El estudio fue aceptado para publicación en The Astrophysical Journal Letters y ya está disponible en el servidor arXiv.
Lo que parece una simple interferencia terminó siendo una pista sobre cómo los satélites viejos siguen interactuando con el entorno espacial.
Cada señal falsa que se entiende mejor ayuda a no perder tiempo ni recursos en buscar fenómenos que no vienen del universo, sino de nosotros mismos.
