Cerca del 40 por ciento de las especies de insectos podría desaparecer en las próximas décadas por la pérdida de hábitat, contaminación, enfermedades y cambio climático.
A esa lista también se suma la luz artificial nocturna, porque altera conductas naturales justo cuando muchas especies están más activas y necesitan alimentarse, reproducirse o desplazarse.
Más del 60 por ciento de los invertebrados es nocturno, así que iluminar carreteras, parques, estaciones y jardines puede afectar directamente sus horas principales de actividad.
El problema está muy extendido. Las luces de sodio y los LED mantienen encendidos numerosos espacios durante toda la noche, principalmente por seguridad y comodidad humanas.
Sin embargo, investigadores del Instituto Leibniz para el Análisis del Cambio de la Biodiversidad creen que podemos reducir ese impacto sin dejar nuestras calles completamente oscuras.
El estudio, publicado en la revista Biological Conservation, comparó distintos tipos de iluminación para descubrir cuáles atraen menos insectos durante la noche en espacios públicos.
Los científicos trabajaron en seis andenes ferroviarios ubicados dentro del Parque Natural Westhavelland, en Alemania, una zona reconocida como reserva de cielo oscuro.
Antes del experimento, las estaciones usaban lámparas de sodio de alta presión, con una luz blanca cálida de 2.000 kelvin y un consumo relativamente elevado.
El equipo conservó algunas lámparas originales y reemplazó otras por LED blancos fríos de 4.000 kelvin y LED ámbar de apenas 1.800 kelvin.
También vigiló dos lugares cercanos sin iluminación para comparar el comportamiento habitual de los insectos fuera de las zonas afectadas por luces artificiales nocturnas.
Entre 2023 y 2024, los investigadores instalaron trampas, recogieron muestras y usaron análisis de imágenes con inteligencia artificial y técnicas genéticas para identificar especies.
Los resultados mostraron que los LED ámbar de 1.800 kelvin atraían muchos menos individuos y especies que las luces blancas frías y las lámparas de sodio.
También redujeron la presencia de insectos amenazados o protegidos legalmente, algo importante porque muchas especies mueren por agotamiento o terminan devoradas cerca de las lámparas.
La diferencia parece deberse a que la luz ámbar contiene muy poca radiación azul, una parte del espectro que atrae fuertemente a numerosos insectos nocturnos.
En Alemania, se calcula que alrededor de mil millones de insectos resultan afectados cada noche de verano por fuentes artificiales de luz instaladas en exteriores.
Algunas especies, como las polillas, vuelan alrededor de las lámparas hasta agotarse. Otras, como los wetas de Nueva Zelanda, evitan completamente las áreas iluminadas.
Eso significa que la contaminación lumínica no solo mata insectos directamente, sino que también les quita zonas donde podrían alimentarse, refugiarse o encontrar pareja.
Después de conocer los resultados, todas las luces de los andenes estudiados fueron reemplazadas por LED ámbar de 1.800 kelvin para reducir su impacto ecológico.
La misma solución podría aplicarse en calles, senderos, jardines y parques, aunque todavía falta estudiar cómo responden las especies terrestres y otros grupos menos conocidos.
Cambiar el tipo de bombilla no resolverá todos los efectos de la contaminación lumínica, pero puede convertirse en una medida sencilla para proteger a los insectos.
