La semana pasada se anunciaron los premios Nobel de Medicina, Física y Química de 2026, reconociendo investigaciones que nos permiten comprender mejor el cerebro, el universo y las moléculas.
Los tres premios reconocen avances científicos muy diferentes, pero todos tienen algo en común: responden preguntas fundamentales que los investigadores llevan décadas intentando resolver.
El primero se anunció el lunes 5 de octubre y fue el Nobel de Medicina, otorgado a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel.
Los tres científicos recibieron el reconocimiento por desarrollar las bases de la optogenética, una técnica que permite controlar la actividad de determinadas neuronas utilizando luz.
Las neuronas son las células que transmiten información en nuestro sistema nervioso, y su actividad está relacionada con nuestros movimientos, recuerdos, emociones y comportamientos.
El descubrimiento comenzó con el estudio de unas proteínas presentes en algas que reaccionan a la luz y permiten el paso de partículas eléctricamente cargadas.
Los investigadores descubrieron cómo aprovechar estas proteínas para conseguir que determinadas neuronas se activaran o desactivaran cuando recibían luz de una longitud de onda específica.
Gracias a esta técnica, los científicos pueden investigar qué grupos de neuronas participan en distintas funciones cerebrales, con una precisión difícil de conseguir anteriormente.
La optogenética también está ayudando a estudiar enfermedades como el Parkinson y la epilepsia, aunque muchas de sus posibles aplicaciones médicas siguen siendo experimentales.
El martes 6 de octubre llegó el Nobel de Física, que recibió Francis Halzen por su trabajo pionero en el estudio de unas partículas llamadas neutrinos.
Los neutrinos son partículas extraordinariamente pequeñas que apenas interactúan con la materia y pueden atravesar enormes cantidades de material sin dejar señales detectables.
Muchos proceden de procesos nucleares en las estrellas y otros fenómenos cósmicos extremadamente energéticos, pero detectarlos resulta especialmente difícil por su comportamiento.
Halzen impulsó la construcción del observatorio IceCube, que utiliza una enorme cantidad de hielo de la Antártida para intentar detectar estas partículas.
Los científicos colocaron miles de sensores bajo la superficie helada para registrar pequeños destellos de luz producidos cuando algunas partículas interactúan con el hielo.
Estos registros permiten estudiar neutrinos procedentes del espacio y obtener información sobre fenómenos que también pueden producirse en galaxias extremadamente lejanas.
Con IceCube, los investigadores consiguieron desarrollar una nueva forma de observar el universo, utilizando partículas en lugar de depender exclusivamente de telescopios tradicionales.
El miércoles 7 de octubre se anunció el Nobel de Química, concedido a Henri B. Kagan y Kenso Soai por investigaciones sobre cómo reaccionan determinadas moléculas.
Sus trabajos ayudan a explicar por qué algunas reacciones químicas producen preferentemente moléculas con una orientación espacial específica, algo especialmente importante para la vida.
Muchas moléculas tienen dos versiones que son imágenes especulares entre sí, como nuestras manos, que parecen iguales pero no pueden superponerse perfectamente.
Esta propiedad se conoce como quiralidad, y resulta importante porque las dos versiones de una molécula pueden comportarse de manera diferente dentro del organismo.
Kagan investigó cómo pequeñas diferencias entre estas versiones podían producir efectos mucho mayores durante determinadas reacciones, mientras Soai estudió cómo podían amplificarse.
Sus investigaciones también tienen aplicaciones en la fabricación de medicamentos, donde obtener la orientación molecular adecuada puede influir considerablemente en sus efectos.
Además, ayudan a investigar por qué los seres vivos utilizan preferentemente determinadas versiones de muchas moléculas, aunque todavía quedan preguntas sin resolver.





