Tu piel está cubierta por bacterias, hongos y virus que forman comunidades microscópicas capaces de influir en su barrera protectora, defensas y estado general.
Hasta ahora, muchos estudios analizaban principalmente el ADN de esos microbios para saber cuáles estaban presentes y qué herramientas genéticas podían tener disponibles.
El problema es que encontrar ADN no significa necesariamente que un microorganismo esté activo, porque ese material también puede proceder de células inactivas o muertas presentes.
Un equipo de A*STAR en Singapur desarrolló una técnica que permite analizar directamente el ARN microbiano de la piel y observar qué genes están funcionando.
El trabajo, publicado en Nature Biotechnology, comparó esta actividad genética con la presencia de microbios en cinco zonas de la piel de 27 adultos sanos.
Los investigadores estudiaron cuero cabelludo, mejilla, antebrazo, parte interna del codo y espacio entre los dedos del pie, ambientes con condiciones bastante diferentes.
La técnica resultaba complicada porque la piel contiene poca cantidad de material microbiano, mucho material humano y un ARN que puede degradarse con enorme facilidad durante el análisis.
Después de superar esos problemas, el equipo descubrió que los microorganismos más abundantes no siempre eran los que mostraban una mayor actividad en la piel humana.
Cutibacterium acnes, por ejemplo, representaba entre 46 y 90 por ciento del ADN microbiano en muchas zonas, pero producía proporcionalmente mucho menos ARN activo.
En cambio, hongos del género Malassezia y bacterias Staphylococcus podían parecer menos abundantes al analizar ADN, mientras mostraban una actividad genética mucho más elevada de lo esperado.
Esto significa que contar cuántos microbios existen puede ofrecer una imagen incompleta, porque algunos grupos pequeños podrían estar realizando una parte importante del trabajo biológico.
Además, los microbios cambiaban su actividad dependiendo del lugar donde vivían, adaptándose a diferencias de grasa, humedad, nutrientes, sudor y exposición ambiental local.
En el cuero cabelludo y la mejilla, por ejemplo, activaban distintos genes relacionados con grasas, probablemente respondiendo a los aceites disponibles en cada zona específica.
Entre los dedos del pie aparecían patrones adaptados a un ambiente húmedo y rico en sudor, mientras el antebrazo mostraba respuestas contra estrés oxidativo ambiental.
Estas diferencias podrían ayudar a explicar por qué problemas como acné, eczema o psoriasis suelen aparecer con mayor frecuencia en ciertas regiones concretas del cuerpo.
Los científicos también detectaron genes utilizados para fabricar sustancias antimicrobianas, incluyendo bacteriocinas, pequeños compuestos que algunas bacterias emplean para competir contra otros microorganismos cercanos.
Varias de esas bacteriocinas nunca habían sido caracterizadas, aunque mostraban niveles de actividad comparables con genes antimicrobianos que los investigadores ya conocían anteriormente en detalle.
El equipo encontró además más de veinte genes que podrían participar en interacciones entre diferentes microbios, revelando una especie de competencia química activa sobre nuestra piel.
Estos hallazgos podrían ayudar a buscar nuevas moléculas antimicrobianas y estudiar tratamientos capaces de modificar ciertos microorganismos sin alterar innecesariamente toda la comunidad de la piel.
Sin embargo, participaron solamente adultos sanos y el grupo fue pequeño, así que todavía no sabemos qué patrones podrían causar, predecir o acompañar enfermedades cutáneas.





